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Nordhaus: la luz y la medición del progreso

  • Foto del escritor: Pablo Prieto
    Pablo Prieto
  • hace 15 minutos
  • 9 Min. de lectura

Desde que el ser humano aprendió a caminar en dos extremidades su condición natural siempre ha sido la miseria, la pobreza y la muerte prematura. Como ya lo señalara el filósofo inglés Thomas Hobbes, la vida del ser humano ha sido marcada por el “miedo continuo y peligro de muerte violenta; y para el hombre una vida solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta”. Pero algo extraño sucedió por ahí por la época en donde vivía Adam Smith, que la humanidad empezó a escapar de la pobreza y la miseria a través de las sociedades comerciales. La humanidad entre 1750-1850 pasó desde la subsistencia al intercambio, logrando escapar de la pobreza y la miseria. Esto es lo que el Premio Nobel de economía Angus Deaton denomina “El Gran Escape”.


El “Gran Escape” es uno de los acontecimientos históricos más importantes de la historia de la humanidad.Olvídense de las guerras mundiales, de Napoleón y de las pandemias, el acontecimiento más importante ocurrió hace 250 años y sigue en proceso: el rápido y continuo aumento del nivel de vida y la explosión de bienestar material generalizado que comenzó durante la revolución industrial. Esta transformación económica (ver figura 1), conllevó también otras mejoras visibles y no solo materiales como el aumento de la esperanza de vida, la disminución de la mortalidad infantil, la eliminación del analfabetismo, más tiempo de ocio, etc. Pero existen otras facetas de este progreso que son difíciles de apreciar y otras que se subestiman completamente. 


Es difícil realmente comprender la magnitud y la intensidad de este proceso de progreso económico. Obviamente, al ver la figura 1, podemos ver que hubo una explosión de riqueza material medida en PIB per cápita, pero alguien incrédulo podría aun así creer que esto realmente no se tradujo en mejoras concretas para todas las personas, en especial para las personas de bajos recursos. Por lo tanto, cuantificar el impacto positivo del progreso económico es una tarea sumamente importante. Por fortuna, en 1994 el Premio Nobel de economía William D. Nordhaus tuvo una brillante idea: estimar el real progreso material del mundo a través de estudiar la producción de luz artificial. Nordhaus, en su célebre ensayo “Do Real-Output and Real-Wage Measures Capture Reality?”, cambió para siempre la forma en la cual comprendemos el progreso de la humanidad desde el nacimiento de las sociedades comerciales (aquellas basadas en los juegos de suma positiva del mercado, el intercambio y la división del trabajo). Nordhaus demostró las deficiencias de usar medidas de la producción real (PIB real) para medir el progreso de la humanidad, utilizando un ejemplo sencillo: las mejoras en la calidad de la luz artificial de la mano con una caída precipitada de su coste, trazadas desde la época moderna hasta el Neolítico. Veamos que nos cuenta la luz acerca de nuestro progreso durante los últimos 250 años.


Una breve historia de la luz


Antes de la revolución industrial (1750-1850) la humanidad estuvo en guerra permanente contra la oscuridad, desde los cavernícolas armando una fogata o antorcha para ver mejor en la noche, pasando por las velas de manteca o de grasa de ballena de la edad media hasta las ampolletas LED de hoy en día. Lo increíble es que en la actualidad ni siquiera nos damos cuenta de esta permanente batalla con la oscuridad, ya que la luz artificial es hoy increíblemente accesible y económica. Pero, en realidad, la luz es escasa y es un constante deseo humano, por lo que ver cómo ha mejorado nuestra producción de esta puede iluminar nuestro entendimiento del progreso en general.



Nordhaus empieza su historia de la luz con un recuento histórico de la evolución técnica de la iluminación. El uso del fuego empezó en algún momento entre 1.4 millones y 500.000 años en el pasado, donde los hombres primitivos usaban fuegos al aire libre para iluminar sus cuevas; luego, al menos desde el 40.000 A.C, se usaban lámparas de piedras con manteca o grasa como combustible; para el 2.000 A.C, ya existía un mercado de aceite de sésamo como combustible en Babilonia; y durante el primer milenio antes de Cristo se fueron reemplazando las antorchas primitivas por lámparas más modernas, de terracota, bronce y otros materiales. Posteriormente, durante la edad media, las velas de manteca animal fueron la norma; a inicios de la revolución industrial se empezó a experimentar con lámparas a gas o carbón, con la primera iluminación de una calle a gas instalada en Londres en 1820. En 1879, Edison y Swan inventan la lámpara incandescente o “ampolleta” y tres años después la estación Pearl Street de Nueva York empieza a usar iluminación eléctrica. Después de múltiples mejoras y alternativas a la original idea de Edison y Swan, en 1980 se inventan las lámparas fluorescentes que intentan reemplazar—junto con la iluminación LED—a las tradicionales (y hoy prohibidas) ampolletas incandescentes de Edison y Swan. Esto es lo que conocemos hoy como el proceso de innovación o de “destrucción creativa” (como lo llamara Joseph Schumpeter) que ocurre en las sociedades comerciales y que ha llevado al continuó y acelerado progreso en la calidad de la iluminación


El costo de la hora-lumen


Nordhaus señala que la iluminación en un momento y en un punto del espacio es medida en lúmenes. El lumen es una unidad de medida para poder cuantificar el flujo luminoso (una medida de la potencia luminosa emitida por la fuente). Bajo esta medida entonces, 1 lumen es alrededor de la luz que emite una vela de cumpleaños a 30 cm de distancia (bastante poca potencia). En síntesis, la luminosidad se mide en lúmenes y 1 lumen es la cantidad de luz emitida por una vela a una distancia de un pie.


Ahora bien, lo relevante para nosotros son las horas-lúmenes (iluminación durante una hora), ya que lo que solemos querer es iluminar por cierto tiempo y no solo un instante. Para esto, necesitamos conocer el costo de producción de una hora-lumen a través de calcular cuantas horas debe trabajar una persona para conseguir dicha hora-lumen. Según los datos de Nordhaus, una persona pre-neolítica debía trabajar 58 horas para adquirir suficiente leña para tener 1.000 horas-lúmenes; para el neolítico (38.000 A.C), eran solo 50 horas; para los tiempos Babilónicos (1750 A.C) esto bajó a 41.5 horas; y ya para el año 1800, el costo habría bajado masivamente a 5.37 horas. Dicho en otras palabras, en aquellos 3.500 años de humanidad, el costo de 1.000 horas-lúmenes se dividió casi 8—una enorme disminución del 96% de su costo de producción. Esto es impresionante, y un testimonio de la capacidad innovativa de los seres humanos y la importancia del rol de las ideas en cambiar las lógicas productivas. Sin embargo, todo lo anterior no es nada comparado con lo que vendría.


El siguiente gran avance vino en 1855 cuando las modernas lámparas a kerosene del inventor Benjamin Silliman bajarían el costo de la hora-lumen a 0.23 horas de trabajo, y luego la ampolleta de Edison para 1900 ya era más barata que las lámparas de kerosene con 0.22 horas de trabajo necesarias para producir 1.000 horas-lúmenes. Para 1910 el costo de producción bajaría a 0.09, en 1920 ya era 0.014, y en las décadas siguientes 0.01, 0.005, 0.002, 0.001, para seguir bajando hasta 1992 con las ampolletas fluorescentes compactas con un costo de 0.000119 horas de trabajo por miles de horas-lumen. Hoy se sigue avanzando hasta el punto de que las modernas ampolletas LED son 6 veces más eficientes que las fluorescentes compactas. Todo este sorprendente progreso se puede ver en la figura 2.


Precio de la iluminación en horas de trabajo desde 1750 AC.

Fuente: Nordhaus (1996: 54). Escala logarítmica.


La figura muestra que el número de horas de trabajo necesarias para producir luz se mantuvo relativamente alto hasta la revolución industrial. No obstante, a partir de 1800 se produjo un “milagro económico” (muy parecido al del gráfico de la figura 1): una caída dramática de las horas de trabajo necesarias en varios órdenes de magnitud. La imagen es un ejemplo importante de cómo la evolución tecnológica ha elevado enormemente los estándares de vida de todas las personas (ya que todas las personas en el mundo usan luz). Según la investigación de Nordhaus, antes de 1900, si se reservara una semana entera al año para trabajar y dedicar 60 horas exclusivamente a fabricar velas—o a ganar el dinero para comprarlas—eso te permitiría quemar apenas una sola vela durante sólo dos horas y 20 minutos cada noche. Hoy, el trabajo que antes producía el equivalente a 54 minutos de luz ahora te permitirá accede a 52 años de luz ininterrumpida. Al encender una bombilla de nuestras casas por 1 hora estamos usando iluminación que a nuestros antepasados les habría costado toda una semana entera en producir. Esta es la real magnitud del progreso, pero lo que antes era demasiado valioso para usarlo, ahora es demasiado barato para notarlo.


De la figura, se aprecia ademas que una hora de trabajo hoy puede adquirir una enorme cantidad de lúmenes comparado con lo que podía comprarse hace un par de siglos y, que esta diferencia, es abismal. Dicho de otra forma, el trabajo y el esfuerzo que antes costaba obtener una hora de luz —talar árboles pequeños, armar una hoguera, etc.— produce hoy más de 51 años de luz. Esta es una mejora de más de 100.000 veces en unos pocos miles de años de esfuerzo y de creatividad humana. Gracias a las ideas usamos hoy cada vez menos recursos materiales para producir cada vez más luz y progreso material. Nordhaus (1996) concluye que esta sería una medida más realista del enorme incremento en la calidad de vida y en el poder adquisitivo de los salarios proporcionado por el crecimiento económico. La principal conclusión que se puede extraer de la figura es que el desarrollo tecnológico es la principal palanca del crecimiento a largo plazo.


Conclusión: el progreso está en todos lados basta con saber medirlo


De los datos y la historia de la luz, se pueden concluir dos observaciones importantes. Primero, que el costo de la luz ha disminuido dramáticamente durante la historia de la humanidad, y, segundo, que la tasa o velocidad de esta disminución ha sido mucho mayor y más acelerada en la época industrial que en cualquier otra época anterior. El mensaje de Nordhaus es que las métricas usuales de crecimiento económico como PIB oscurecen la real diferencia (abismal) en calidad de vida ocasionada por los avances tecnológicos y las disminuciones de costos. Al mirar solo a los indicadores agregados como el PIB per cápita, etc., estamos subestimando y no entendiendo realmente el enorme progreso que ha hecho la humanidad en materias de avances materiales y mejoras en los estándares de vida. De todo esto podemos rescatar un punto esencial: los bienes y servicios que consumimos hoy no son solamente más en cantidad, sino que también mejores en calidad y más seguros y—quizás aún más importante—hacemos siempre menos esfuerzos en materias de tiempo y de trabajo por conseguirlos. Piénsese en los servicios de transporte: podemos permitirnos viajar en barcos, trenes, automóviles y aviones cada vez más rápidos y seguros. De hecho, los viajes en avión se han convertido en un bien de consumo de masas, ligados al turismo y el placer, etc. Sin embargo, la forma en que se integran estas nuevas posibilidades en las estadísticas no es en absoluto perfecta y por ende tendemos a subestimar y no apreciar de forma correcta la magnitud de las mejoras que trajo el “Gran Escape”.


 Las ideas de Nordhaus nos ayudan a recordar que el progreso humano y económico están en todos lados, basta solo con saber medirlos y abrir los ojos para apreciarlos. Por lo demás, la mejora acelerada de la calidad de la luz, a medida que los precios han ido bajando, no sólo es una medida certera del progreso, sino que también ha sido un facilitador adicional del desarrollo humano en otros campos más allá de la luz. Con fuentes de luz artificial cada vez más duraderas y económicas, una mayor parte de la humanidad puede hoy realizar actividades productivas e intelectuales durante más horas durante el día. Cuantas sinfonías sublimes, cuantos libros maravillosos y cuantos descubrimientos tecnológicos se han podido realizar mientras las personas podían desencadenar su creatividad a la luz de una ampolleta.


En conclusión, el avance en nuestra capacidad de iluminación—como todo el resto de grandes avances en riqueza que hemos experimentado en los últimos siglos—es producto de un sistema económico basado en las ideas y la creatividad, que recompensa la innovación, la cooperación y la división (pacífica y creativa) del trabajo, y no debe tomarse como algo dado. De hecho, los grandes avances tecnológicos que ocurrieron durante los siglos XIX y XX en Reino Unido y Estados Unidos ocurrieron ahí precisamente porque estos eran los países que permitían a los innovadores crear a través de derechos de propiedad y posibilidades de ganancia. Si la irónica Petición de los Fabricantes de Velas” de Fréderic Bastiat hubiese sido escuchada y se hubiese protegido a esta industria de la desleal competencia del sol, estaríamos lejos de alcanzar cualquiera de estos avances, demostrando la importante conclusión que son los incentivos de las instituciones de una sociedad las que determinan su progreso. Todo esto forma parte del increíble viaje de la humanidad en la modernidad que, con demasiada frecuencia, damos por sentada. 


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